Cortocircuito: hacia un enfoque desde la autonomía sobre la gentrificación

Cortocircuito: hacia un enfoque desde la autonomía  sobre la gentrificación

Cortocircuito: hacia un enfoque desde la autonomía[i] sobre la gentrificación

 

Definiendo el proceso

El resultado es en todas partes el mismo, cualquiera que sea el motivo invocado: las callejuelas y los callejones sin salida más escandalosos desaparecen y la burguesía se glorifica con un resultado tan grandioso; pero… callejuelas y callejones sin salida reaparecen prontamente en otra parte, y muy a menudo en lugares muy próximos.
—Friedrich Engels, Contribución al problema de la vivienda [ii]

Gentrificación, etimológicamente hablando, es una palabra relativamente nueva, acuñada en 1964 por el sociólogo marxista Ruth Glass. Conceptualmente, algunos sostienen que ha sido parte de la vida urbana por cientos de años. Entre 1853 y 1870, por ejemplo, la haussmannización de París expulsó hacia la periferia a miles de personas pobres que vivían en el centro de la ciudad, donde tradicionalmente habían sido más baratos los alquileres; estas migraciones fueren el resultado forzado de los cambios estructurales de la geografía urbana de la ciudad que propuso Haussmann, aumentando vertiginosamente los alquileres. Podríamos considerar estas anacrónicas expulsiones como un ejemplo de gentrificación, pero, como veremos más adelante, el término tiene algunos matices que tales comparaciones no pueden aprehender.

Ruth Galls acuñó el término gentrificación para describir el desplazamiento de los residentes londinenses de barrios obreros por las clases medias propietarias, a menudo bajo la consigna de “renovación urbana”. Como en Estado Unidos, Londres fue testigo desde la Segunda Guerra Mundial de la creciente desbandada de residentes adinerados desde el centro de la ciudad hacia las periferias, provocado por un boom en el stock de la vivienda suburbana. Este boom fue facilitado a escala ampliada por el Estado: los planes para reconstruir Londres tras la Segunda Guerra Mundial consideraron las periferias como el supuesto futuro de la ciudad. La alta demanda de viviendas dentro de los límites de la ciudad condujo a que la planificación pública visualizase una población urbana dispersa en un área geográfica más amplia. Iniciativas financieras y de estructuras urbanas, como aquellas incluidas en New Towns Act de 1946 y en el New Towns Development Act de 1952, aportaron a los promotores el capital público necesario para crear nuevas áreas suburbanas diseñadas para contener el “desbordamiento” de los centros urbanos. Esto supuso que muchos viejos barrios londinenses rápidamente convirtiesen muchas viviendas en plurifamiliares; al tiempo que los residentes adinerados se desplazaban a nuevas residencias expandiendo el área suburbana, la demanda en la ciudad se redujo y la clase obrera empezó a poder afrontar los alquileres. Como se hizo en muchas ciudades, este cambio implicó la transformación de viviendas unifamiliares en casas divididas en habitaciones o en alojamientos compartidos.

El Estado, preocupado ante esta visión de expansión suburbana, relegó aquellas crecientes áreas proletarias a la decadencia y ruina. Renovaciones y reparaciones de todo tipo fueron consideradas despilfarros innecesarios y los recursos disponibles se derivaron al desarrollo suburbano. Teniendo en cuenta lo anterior, dos grandes cambios en los barrios londinenses se vuelven relevantes en nuestra discusión sobre la gentrificación: 1) el stock de vivienda en estas áreas se volvió asequible para la clase obrera residente debido a la migración de residentes más adinerados a los nuevos pueblos y periferias, creando de esta forma barrios preeminentemente obreros; 2) el éxodo de estos residentes adinerados también supuso una desinversión en estas nuevas áreas obreras: las viviendas no solo fueron reutilizadas sino que también se deterioraron en tanto que el capital no estaba ya disponible para tareas de mantenimiento (debido a una combinación entre indiferencia estatal y movimiento de capital privado).

Por tanto, para cuando Glass estaba escribiendo esto, numerosas zonas de Londres eran copadas por habitantes de clase obrera que ocupaban los edificios antiguos más deteriorados. Esta configuración del espacio supuso que las viviendas en muchos de estos barrios fuesen baratas y de cierta relevancia arquitectónica o histórica. Para finales de los 50 y principios de los 60, muchos profesionales de clase media empezaron a generar interés en estas viviendas y edificios, comprándolos a bajos precios y renovándolos. Estos gentrificadores “pioneros” normalmente empleaban su propia fuerza de trabajo y su propio capital, pues los subsidios del gobierno seguían destinados al plan New Towns y las entidades financieras se mostraban reacias a ofrecer crédito, debido principalmente a que estos barrios eran aún considerados inversiones arriesgadas debido a su composición de clase principal. En tanto que más y más personas de clase media adoptaron esta estrategia, los alquileres subieron en tanto que caseros y propietarios se dieron cuenta de que había propiedades que podían ser rentables si eran utilizadas o se vendían a residentes que no fueran de clase obrera. Esto forzó el desplazamiento de muchos proletarios que vieron cómo sus barrios se volvían prohibitivamente caros. Por citar un ejemplo, el barrio londinense de Barnsbury vio cómo caían los alquileres sin mobiliario incorporado del 61% (respecto al stock total de vivienda) a un escaso 6% en 1981.

Para Glass, este cambio representa el punto de inflexión en su definición de gentrificación: la “rehabilitación” de las zonas de clase obrera por clases medias que adquieren propiedades y subsecuentemente producen el desplazamiento de los residentes originales. El propio Glass también enfatiza los elementos de clase en esta transformación: gentrificación es un juego de palabras con el término inglés “gentry”, utilizado para denotar a los dueños de la tierra y a la burguesía inmediatamente por debajo de la nobleza en la jerarquía social. La llegada de profesionales de clase media que vieron oportunidades e inversiones inmobiliarias en las tradicionales zonas de la clase obrera fue, según Glass, la manifestación contemporánea de la gentry. Mediante este razonamiento, podemos definir el enfoque clásico respecto a la gentrificación como el desplazamiento de personas pobres de viviendas y áreas enteras por presiones económicas y sociales traídas por nuevos residentes con más acceso social y financiero al capital que se mueve, provocando sustanciales transformaciones tanto en la composición del stock de vivienda como en la demografía del área. O, en palabras del geógrafo inglés Tom Slater, gentrificación es “la expresión en los vecindarios de la desigualdad de clase.”

 

  1. Teorías de la gentrificación en múltiples fases
Al capital no le interesa si consideramos ese barrio nuestro hogar. Ese sentimiento solo es un estorbo para la inversión.
— Prole.info, The Housing Monster [iii]

Sobre la base del trabajo de Glass de mediados de los 60, el urbanista Philip Clay postuló un modelo de la gentrificación asentado en cuatro fases que trataba de describir sus mecanismos de forma más precisa. El trabajo de Clay influyó bastante en la conformación del discurso en torno a la gentrificación, ilustrando, en parte, cómo los barrios devenían actualmente gentrificados. Este era un importante contraste con el clásico enfoque de Glass, que era una teoría más bien descriptiva de procesos que ya estaban bien constituidos y presentes al tiempo en que escribía. El modelo de las cuatro fases de Clay puede desglosarse de la siguiente manera:

  1. Fase uno: gentrificación pionera — nuevos residentes del barrio, a menudo con un mayor acceso a recurso financieros y un más alto capital social y cultural, se trasladan a barrios tradicionalmente obreros. Renuevan la propiedad, a menudo haciendo uso de capital privado porque no se proporciona crédito hipotecario en tanto que se percibe cierto riesgo en el área. Pocos o ningún desplazamiento en esta fase, pues las propiedades adquiridas permanecen desocupadas y las nuevas propiedades se construyen en suelos sin uso.
  2. Fase dos: gentrificación expansiva — Corre la voz sobre una nueva y emergente viabilidad del barrio; los perspicaces agentes del estado[iv] empiezan a ofrecer propiedades en y alrededor del área. Los riesgos financieros asociados a la fase uno son minimizados, pero no eliminados: los inversores a gran escala aún están lejos de introducir capital en la zona. Los desplazamientos empiezan, pues el stock de viviendas disponibles cae y los alquileres empiezan a aumentar. Las pequeñas hipotecas empiezan a estar disponibles y la renovación puede expandirse a bloques adyacentes. Los edificios pueden retenerse para propósitos especulativos estatales, mientras que caseros y propietarios ven cambios emergentes en el área.
  3. Fase tres: gentrificación adolescente — Aquellas personas que tenían más aversión al riesgo pueden empezar a moverse al barrio, pues ahora existe un creciente consenso de que la zona representa una “inversión segura”. Gentrificadores, pioneros y nuevos, pueden agruparse conjuntamente en asociaciones para ejercer más presión política y social en futuros procesos de gentrificación (v.g. asociaciones de vecinos, asociaciones para impulsar negocios, sociedades de preservación histórica, etcétera). Los alquileres aumentan dramáticamente en este momento y la lucha de clases entre gentrificadores y antiguos residentes se vuelve más pronunciada. Pueden desarrollarse cambios físicos en el área que hagan más evidente cómo el capital privado externo (préstamos, hipotecas, etc.) se vuelve más disponible.
  4. Fase cuatro: gentrificación madura — el área es considerada segura, de moda, una buena inversión; aquellos que poseen su propia casa pueden empezar a verse desplazados; grandes inversores e instituciones financieras pueden empezar a extraer beneficios de la zona. Los edificios retenidos para especular ahora aparecen en el mercado. Curiosamente, incluso la primera oleada de gentrificadores puede ser desplazada en esta fase, pues los aún más ricos optan por mudarse a la zona y las entidades financieras ven el suelo de la zona como una inversión deseable.

El modelo de Clay tiene fortalezas y debilidades para los teóricos de la gentrificación. Por un lado, como se ha visto, proporciona una relativamente concreta imagen de cómo se gentrifican realmente los barrios. Es útil tanto como métrica histórica -por examinar cómo la gentrificación afecta a un área- como, simultáneamente, herramienta para evaluar posibles intervenciones en el proceso: por ejemplo, si un barrio muestra características propias del estado tres o cuatro, las acciones apropiadas al estado uno podrían ser contra-productivas.

Pero, a la inversa, el modelo de Clay es más bien una teoría micro: se centra en procesos de cómo específicos barrios caen en la gentrificación, pero ofrece muy poco sobre esas fuerzas más amplias que dirigen el fenómeno; enfatiza el “cómo” a expensas del “por qué”. Quizás el aporte más útil del modelo de Clay, desde una perspectiva anticapitalista, es la consideración de la gentrificación como una reducción progresiva en el riesgo de inversiones externas. Los movimientos entre varias fases del modelo de Clay describen cómo las barreras a la inversión externa son gradualmente eliminadas; desde un punto de vista financiero, un vecindario gentrificado en un vecindario seguro. Pero, en ausencia de una muestra más amplia del funcionamiento del capitalismo, este análisis es incompleto. Consiguientes modelos, como los que se discutirán posteriormente, tratan de corregir estos déficits estableciendo nexos entre las transformaciones de los barrios y operaciones más amplias del capitalismo global — o, en otras palabras, tratan de añadir una dimensión macro a las particularidades micro del modelo de Clay.

Debido a estas deficiencias, dos reconocidos sociólogos, Neil Smith y Jason Hackworth, propusieron un modelo que tiene en cuenta aquellos procesos más amplios que crean las condiciones que posibilitan la gentrificación. Partiendo de tres fases interrumpidas por consiguientes recesiones, el modelo de Hackworth y Smith ve la gentrificación como un ciclo de inversión y desinversión, y es un útil contrapunto para el estrecho modelo de cuatro fases de Clay.

Fase 1: dirección estatal (1950-1973) — Smith y Hackworth identifican esta primera fase como una especie de sucesión de la primera etapa de Clay. Pero al contrario que éste, enfatizan el rol del Estado como proveedor del impulso necesario para consiguientes gentrificaciones. Entre 1950 y 1973, tanto en Norteamérica como en la Europa occidental, la gentrificación era un fenómeno relativamente aislado, más bien confinado a pequeños barrios de grandes ciudades. Como se veía en el modelo de Clay, gentrificadores pioneros se servían de su propio capital y trabajo para reinvertir en el stock de vivienda existente. Espoleado por cierta visión de estos éxitos, el Estado empezó a concebir la gentrificación como una forma abreviada y barata mediante la cual acometer proyectos de “renovación urbana”. Los limitados fondos federales empezaron a estar disponibles, después de que los primeros intentos gentrificadores triunfasen, a menudo en la forma de subsidios y cesiones para la renovación de daños o para edificios sin uso. Controlando estos torrentes de financiación, especialmente otorgados a la inicial reluctancia de las inversiones del sector privado, el Estado asumió un rol primario determinando la apariencia que tomarían esos procesos de gentrificación.

1973-1977: Recesión — una emergente crisis económica global provocó una situación en la que el Estado tuvo que desplazar capital de sectores improductivos a otros más productivos, favoreciendo inversiones en áreas que producían activamente plusvalía. Esto provocó una ralentización de las tendencias observadas en la fase uno: el dinero utilizado para subsidios y otras cesiones fue redirigido hacia sectores de la economía que proveían mayores retornos de capital.

Fase dos: expansión y resistencia (años 70 y 80) — en esta fase, la gentrificación asumió dimensiones tanto culturales como financieras. Recuperándose de la recesión, las ciudades empezaron a ver la gentrificación no como una simple oportunidad para la renovación urbana, sino también como una oportunidad de inversión. El Estado, todavía tambaleándose por las consecuencias de la crisis, empezó a asumir un enfoque más prudente, dándose cuenta de la necesidad de crear nuevas oportunidades de inversión, pero aún reacio a subsidiar activamente la gentrificación como anteriormente hizo. En este contexto, la financiación estatal para gentrificar el espacio asumió un enfoque más laissez-faire, tratando de empujar al sector privado en futuras inversiones. Como consecuencia de estos desarrollos, la gentrificación se volvió mucho más dispersa: con el objetivo de atraer la inversión necesaria para futuras restructuraciones urbanas, las ciudades empezaron a invertir en centros culturales y comerciales adyacentes a potenciales barrios gentrificables: museos, paseos, estadios, galerías, etcétera. Estos centros culturales, en palabras de Smith y Hackworth, suavizaron el flujo de capital. Y, como la globalización continuó acelerándose, los nexos entre la restructuración urbana local y las financias internacionales se volvieron más tangibles; el Estado trató de atraer capital globalizado, con la gentrificación como objetivo principal de inversión. Esta liberalización del capital global creó una mucho más rápida, incontrolable e implacable gentrificación, que a menudo se enfrentó a la resistencia de los residentes que se negaban a desplazarse.

Principios de los 90: recesión — Otra recesión económica global, ésta más pequeña, llevó a que varios teóricos planteasen la “degentrificación” en tanto que muchos barrios vieron el proceso erosionarse o verse fuertemente dañado, indicando ese nerviosismo general post-recesivo entre los inversores.

Fase tres: nueva expansión (1990’s-2000’s) — Saliendo de la recesión, esta tercera ola gentrificadora da testimonio de un nuevo cambio estratégico. Poderes estatales y corporativos empezaron a confabularse aún más con los procesos gentrificadores. La gentrificación empezó a verse, por ambas partes, como una estrategia de generalizar la acumulación de capital. En contraste con el casual laissez-faire previo, el Estado ahora participaba más activamente junto a grandes corporaciones, a menudo como socios de inversión. Simultáneamente, esta postura de entender los vecindarios únicamente como zonas de potencial desarrollo e inversión global empezó a ver la ramificada gentrificación fuera de sus raíces tradicionales afincadas en las más desheredadas zonas urbanas. Al mismo tiempo, los inversores empezaron a asumir un papel mucho más activo, reemplazando a los gentrificadores tradicionales como principal motor gentrificador. Finalmente, esta fase también vio cómo las resistencias comunitarias hasta entonces ciertamente eficaces empezaron a ser minimizadas o ignoradas en tanto que el enfoque del espacio codificado dentro de la gentrificación —como esa red internacional de distribución de capital financiero vinculado a las políticas públicas de planificación urbana— empezó a presentarse como algo inevitablemente ligado al “sentido común”. La gentrificación se había convertido, en muchas partes, en algo parecido a una hegemonía del espacio urbano, algo a lo que las ciudades saludables y sostenibles aspiraban, como algo tan natural e inevitable como las mareas del mar. La historia ha llegado a un punto en que la gentrificación ya no consiste simplemente en nuevos compradores desplazando a la clase obrera, sino que se ha convertido en un enfoque del espacio que privilegia la existencia de relaciones de clase y apuntala un capitalismo global muy real y tangible.

Desarrollar un retrato coherente de un fenómeno tan complicado y multifacético requiere tanto un análisis a escala ampliada como uno a pequeña escala. Necesitamos ser capaces de identificar lo que está ocurriendo en nuestras comunidades y ligarlo a lo que está ocurriendo en todo el mundo. En este sentido, los trabajos de Glass, Clay, Smith y Hackworth deberían ser vistos como un complemento. En la siguiente sección de este artículo se explorarán en gran detalle algunas cuestiones relativas al papel de la gran economía en los procesos de gentrificación y cómo esas cuestiones muestran los debates que emergen respecto al uso de la ciudad.

III. La economía de la gentrificación

Con la conmoción de la economía de mercado empezamos a reconocer los monumentos de la burguesía como ruinas, antes incluso de que se hayan derrumbado.
— Walter Benjamin, París: capital del siglo XIX [v]

La década de los 70 fue testigo de la aparición de un gran número de contribuciones teóricas críticas en el campo de los estudios urbanos, desafiando ellas mismas la opinión dominante de que los cambios en la demografía y geografía urbana son meros reflejos de la soberanía del consumidor y sus elecciones — una influencia que se enmarca en la larga tradición de la Escuela de Chicago. Una importante contribución que emerge de esta brecha fue la teoría de la brecha de renta de Neil Smith. Esta teoría no ha aparecido sin críticas, pero permanece como una de las mejores herramientas en la aprehensión de los incentivos individuales que llevan a que los caseros gentrifiquen.

El suelo ha de entenderse como una mercancía única, en la que su valor de cambio depende de su potencial valor de uso. En un entorno urbano, el valor de uso del suelo es una construcción social basada principalmente en su ubicación — el atractivo general de un barrio bien rodeado, próximo a zonas de transportes, parques públicos, zonas de tiendas, etcétera. Los caseros y los inversores capitalizan sobre el valor de uso de la propiedad a través de la incorporación de fuerza de trabajo e inversiones de capital adicional, si el resultado final asume una forma de empresa económica (una fábrica, un parque de atracciones, etc.), vivienda ocupada por el propietario o apartamentos para múltiples inquilinos.

El tipo de inversión de capital fijo perseguido por el propietario variará, dependiendo de las regulaciones de la zona y el potencial de beneficios derivado del uso de la tierra — factor que Smith describe como Renta Potencial del Suelo materializada en Renta del Suelo Capitalizada. Sin embargo, esta inversión de capital, una vez completada, deviene obstáculo en futuras inversiones; una vez un edificio ha sido construido, la tierra no puede usarse para nada más. En este punto, la Renta Potencial del Suelo se materializa en Renta del Suelo Capitalizada, en la forma de un estable torrente de ingresos (en el caso de los alquileres) o en una cantidad global (en el caso de ventas), mientras que el capital financiero se aleja en busca de nuevas oportunidades de inversión. Este ciclo de inversión/desinversión explica por qué grandes áreas de la ciudad se topan con escalonadas olas de inversión.

A medida que pasa el tiempo, innovaciones tecnológicas y arquitectónicas, acopladas a cambios en barrios circundantes, se combinan con un inevitable deterioro de edificios seguido de consiguientes incrementos en los costes de mantenimiento. Esto crea una brecha entre las rentas de suelo capitalizadas y las rentas de suelo potenciales que pueden ser reactualizadas por las reinversiones en la propiedad. A medida que el tiempo pasa, la brecha sigue creciendo y el incentivo a la reinversión se fortalece. Una vez la brecha de renta alcanza un cierto umbral, se vuelve más provechoso para el casero dejar que su propiedad caiga en un deplorable estado de deterioro que continuar pagando su mantenimiento; entonces se dan por vencidos en ese “duro trabajo” de caseros activos y se convierten en especuladores — dejando que corra el tiempo hasta que llegue la oportunidad adecuada en que vender su propiedad a inversores ansiosos por capitalizar su renta de suelo potencial. Y así el ciclo continúa.

Transformaciones en la estructura de la ciudad

Al tiempo en que el capitalismo se ha transformado a través de la restructuración neoliberal de la producción global, las ciudades han experimentado un proceso paralelo de restructuración urbana. En las regiones en desarrollo, este cambio se puede detectar en la propagación de Zonas Francas de Exportación[vi] (ZFEs)—centros industriales levantados con el objetivo de fabricar y transportar mercancías baratas, a escala ampliada, para los mercados globales de consumo. En las regiones desarrolladas, por el contrario, esta falla viene demarcada por la transición a una economía post-industrial caracterizada por el crecimiento de las finanzas, publicidad y sector servicios, y la relativa degradación del sector manufacturero. Las ciudades, tradicionalmente construidas para proporcionar a los trabajadores un hogar próximo a las grandes fábricas, hoy en día reflejan un entorno económico en que la clase obrera ha sido dispersada alrededor de un mayor número de compañías, cada una compuesta por una fuerza de trabajo más pequeña y flexible.

El paso a una economía post-industrial ha forzado también a que la propia clase obrera sufra un proceso de recomposición. Las grandes ciudades metropolitanas han devenido epicentros de gestión del comercio global, con una creación de riqueza dependiente de una nueva clase tecnocrática basada en las finanzas, los seguros, los bienes raíces, el marketing y las nuevas tecnologías. Este enjambre de trabajadores de cuello blanco es asistido por un contingente aún más grande de trabajadores de servicios y hostelería en los sectores de alimentación, atención al cliente y servicios al por menor — empleos caracterizados por su naturaleza precaria y sus bajos salarios. El ocaso del sector de las manufacturas tradicionales ha sido mitigado por un correspondiente incremento de los trabajos del sector de la construcción, ampliamente ligados a ciclos y quiebras en los procesos de restructuración urbana.

Este cambio oculta las verdaderas fuerzas económicas que dirigen el proceso, ya que la afluencia de yuppies o hipsters tiende a ser vista como la causa, más que el síntoma, de la gentrificación. Esta percepción es más fuerte en vecindarios en que las inversiones aparecen como sinónimo de desplazamiento urbano. Sin embargo, esta situación no ocurre sin un precedente histórico; la división social y económica entre aquellos que se benefician de los nuevos y altamente remunerados trabajos de la economía postindustrial y aquellos segmentos más precarios de clase, se hace eco de las divisiones entre los así llamados trabajadores “cualificados” y “no cualificados” de finales del siglo diecinueve. Hoy, como entonces, el principal agente de la restructuración del capital sigue siendo la clase capitalista.

Del boom a la quiebra

Saliendo de la recesión económica de 2000-2001—una crisis provocada por el estallido de la burbuja de las puntocom en bolsa— el periodo 2000-2007 fue uno de crecimiento masivo en los sectores inmobiliarios de muchas naciones desarrolladas. Bajos tipos de interés y desregulación financiera se combinaron para producir una burbuja inmobiliaria sin precedentes en Estados Unidos, Irlanda y España, con significativos incrementos de precio en Reino Unido, China, Australia, Francia, Italia, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Noruega y Canadá. A la altura de 2005 The Economist estaba informando de que el valor combinado de todas las propiedades residenciales en las economías del mundo desarrollado se había disparado en una estimación de 30 trillones de dólares en los cinco años previos — un incremento que no solo empequeñeció cualquier boom inmobiliario previo, sino que fue algo más que, como porcentaje del PIB, el stock total de los booms inmobiliarios entre los años veinte y principios de los noventa, haciendo efectiva la burbuja de activos más grande de la historia humana.

Los precios de la vivienda, gravemente inflados, estimularon un frenesí de nuevas construcciones. Entre 1996 y 2005, se construyeron 555.267 casas en Irlanda, un país con 4,5 millones de habitantes; mientras que entre 2004 y 2006 España vio nacer 1,8 millones de nuevas viviendas, y más de 5,7 en Estados Unidos. Esta sobreproducción de nuevas construcciones trajo consigo unos increíbles e inesperados beneficios en el sector bancario, que se benefició tanto de los proyectos de inversión financiera como de la correspondiente explosión hipotecaria.

Todos sabemos lo que pasó después. Al tiempo en que la burbuja inmobiliaria estallaba en Estados Unidos, en seguida entraba en escena, entre los bancos que habían financiado esa burbuja, una situación de sobre-apalancamiento. Las tóxicas hipotecas subprime, ocultas de los balances a través del empleo de bonos titulizados, eran ahora propagadas por todo el sistema financiero global; el resultado no fue otro sino la crisis económica internacional de 2007-2008, que rápidamente fue seguida de numerosas quiebras bancarias, y la solución prescrita a los déficits fiscales derivados no fue otra sino austeridad.

Mirando al futuro

Único entre los países del G8, Canadá salió de la crisis económica global en relativo buen estado. Un sistema financiero más estrictamente regulado imposibilitó que los bancos canadienses tomasen parte en esas arriesgadas prácticas de las que sus contrapartes estadounidenses se sirvieron y evitaron así sobreexponerse, no como sus homólogos europeos, al torbellino de los derivados crediticios. Después de una breve recesión en 2008, el mercado de la vivienda pronto se estabilizó y continuó su expansión. Sin embargo, incluso entonces, los problemas en el mercado canadiense se estaban desarrollando. La desregulación financiera introducida por la administración Harper en 2006 condujo a la consiguiente y rápida creación de un gran mercado hipotecario subprime donde antes no había nada: los persistentes y bajos intereses inundaron los asientos financieros del Canadian Housing Mortgage Corporatio (CHMC) con cerca de 600 billones de dólares; y los crecientes precios de la vivienda condujeron a un crecimiento exponencial de las Home Equity Lines of Credit (HELOCS), arrasando hacia una consiguiente explosión en los niveles de deuda inmobiliarios. Y a lo largo del año siguiente, las ventas de vivienda empezaron finalmente a declinar, provocando que muchos analistas financieros declarasen que la burbuja estaba a punto de estallar. Debido a que los préstamos asegurados por el CHMC están respaldados por el contribuyente canadiense, una crisis hipotecaria provocada por el colapso bancario llevaría automáticamente a quiebras bancarias y déficits federales masivos, provocando la implantación de futuras medidas neoliberales de restructuración, prácticamente en la forma de medidas de austeridad. Mientras que es imposible predecir cómo va a alterar esto el entorno urbano, sí que hay algunas cuestiones que ya sabemos a ciencia cierta.

Gran parte del crecimiento experimentado durante la burbuja ha estado concentrado en los dos principales mercados de vivienda canadienses: Toronto y Vancouver. Ambas ciudades han presenciado una oleada de altas inversiones en grandes edificios que han acelerado el desplazamiento de los residentes de bajos ingresos de los núcleos del centro. Estas torres han sido construidas rápidamente, de forma masiva—y a menudo barata. En un artículo titulado Faulty Towers, el periodista Philip Preville hablaba de un número de compradores o nuevos propietarios de estas torres en Toronto, que señalaban los problemas estructurales que descubrieron una vez se mudaron a sus nuevas y relucientes casas. Estos problemas incluían, entre otros: problemas con los balcones de cristal, fallos en los sistemas de ventilación y desagüe, grietas en los muros, aislamientos defectuosos, paredes finas en exceso, cemento barato en barras de refuerzo de acero, ventanas mal instaladas de suelo a techo y constantes fugas. Los costes de mantenimiento de estos edificios por lo general empiezan a dispararse a los dos años, ya que los “propietarios” de las viviendas se ven forzados a pagar las reparaciones de las construcciones iniciales, y a instalar calentadores de agua, unidades de aire acondicionado y sistema de luz fluorescente más eficientes.

Cuando estos edificios, que se encuentran en el ciclo de desinversión descrito en la teoría de la brecha de renta de Smith, empiecen a deteriorarse, plantearán obstáculos únicos a la reinversión, debido a su diversa estructura de propiedad (unidades). A medida que estas unidades se vuelven más y más ruinosas en un contexto de colapso en el mercado inmobiliario, su valor se desplomará drásticamente. Los propietarios de estas unidades se encontrarán en la encrucijada de continuar viviendo en ellas -mientras pagan crecientes cantidades de dinero para mantenerlas-, optar por venderlas perdiendo dinero o convertirlas en alquileres. Como muchos propietarios no tienen intención alguna de convertirse en caseros, estas unidades previsiblemente acabarán en agencias de alquileres o vendidas en bloque a una nueva generación de caseros de gueto[vii],  que pueden buscar incrementar sus beneficios despreocupándose de llevar a cabo las reparaciones necesarias. Sin importar cómo ocurra, en una década o dos estas viviendas, actualmente representativas de ese estatus de clase media urbana y punta de lanza de la gentrificación, estarán destinadas a convertirse en los guetos del futuro.

 

  1. Respuestas desde la autonomía a la gentrificación
¡Las casas son nuestras porque nosotros las construimos y las necesitamos, y por esa razón vamos a tomarlas!
—Participante en huelga de alquileres, Milán, 1970 [viii]

Resulta perfectamente comprensible que sintamos una oposición intrínseca y visceral a la gentrificación. Ella misma representa un ataque del capital a nuestros barrios y hogares, una expresión destructiva del poder corporativo y estatal que arrasa comunidades enteras. Nos enfurece porque a menudo se ve fuera de nuestro control, con caseros y especuladores modelando los barrios como quieren, con la firma y el apoyo del Estado. Una situación tan desagradable como esta también tiene otras muchas razones por las que habríamos de oponernos a la gentrificación desde un punto de vista puramente estratégico.

Como se ha visto, la gentrificación es tanto un proceso de transformación de la ciudad que refleja cambios en la economía global como una restructuración del espacio urbano que se encuentra con constantes necesidades de expansión de capital: esto convierte, realmente, los procesos gentrificadores en un frente de batalla urbano. Si podemos parar las incursiones gentrificadoras en un barrio, estaremos frenando la expansión del capitalismo y negando oportunidades de reproducción del capital a nuestra costa.

La gentrificación trae consigo un aumento de la represión a través de la instalación adicional de cámaras de vigilancia, herramientas de futuras mercantilizaciones del espacio público, útiles para el trabajo policial y para la expansión de la seguridad privada. Es un proceso perpetuado por comerciantes locales y asociaciones vecinales, inversores y concejales: manifestaciones de la clase dominante actuando en conjunto para asegurar su poder de clase. Luchar contra la gentrificación implica entonces luchar contra la expansión del aparato represivo y una oportunidad para apuntalar nuestras fuerzas mientras desafiamos los esfuerzos del capital y el Estado.

Finalmente, las luchas de barrio contra la gentrificación pueden construir o contribuir a aumentar cierta capacidad de poder afirmar nuestro propio poder de clase extendiendo las posibilidades que nos brinda la acción colectiva. La violencia de la gentrificación desprende el velo del capitalismo, mostrándolo claramente como lo que es: una guerra entre clases con intereses contrapuestos. La colaboración del Estado en este proceso, sea a través del doble discurso de los concejales o a través del afán de la policía por defender los derechos de la propiedad privada de propietarios ausentes, puede hacer que nuestros barrios asuman ideas y prácticas típicamente autónomas, mientras éstas se validan en la propia experiencia vivida.

Conceptualizando una intervención desde la autonomía contra la gentrificación

El movimiento de resistencia a la gentrificación impregna todo el proceso gentrificador. La forma que tales resistencias toman, de todas maneras, dista de ser universal y varía mucho de barrio a barrio. En algunos lugares, actos de destrucción de la propiedad, sabotaje y propaganda asumen un papel principal; en otros, grupos o asociaciones vecinales se constituyen para ejercer presión política y económica sobre los gentrificadores y sus aliados. Históricamente, las respuestas antiautoritarias a los procesos de gentrificación se han limitado y han sido generalmente cerradas al primer enfoque, como muestra algunos ejemplos (Mission Yuppie Eradication Project en San Francisco; el frente Anti-Gentrification en Vancouver; y la Toronto Solidarity Cell en Toronto).

Tanto uno como otro enfoque tienen fortalezas y debilidades, pero, en términos generales, la mayoría de las respuestas parecen estar a caballo, en un continuum, entre ambos. Por un lado, los actos de destrucción de propiedad, sabotaje y propaganda suelen estar representados por individuos o pequeños grupos, trabajando solos y a menudo al margen de proyectos políticos o compromisos de barrio más amplios. Por el otro, el énfasis en comités organizados de inquilinos o vecinos necesita un enfoque más amplio y a menudo emplea tácticas como llamar a la puerta, investigaciones sociales y lobbying. La diferencia primaria entre ambos polos en este hipotético continuum está en el lugar en que se encuentra el foco efectivo de la resistencia: el polo de la “acción directa” concentra la resistencia en individuos o pequeños grupos, mientras que el polo “institucional” se sitúa en la red o grupo.

Es importante notar que ningún individuo o grupo que conozcamos ha asumido una postura que sea capaz, social o individualmente por sí misma, de atacar eficazmente los procesos de gentrificación. Hemos dividido las acciones a lo largo de este continuum no para caricaturizar las perspectivas de lucha, sino para hablar de cómo la energía y los recursos son consumidos en el trabajo anti-gentrificador y para destacar cómo ambos polos presuponen perspectivas incompletas y problemáticas. Para los siguientes análisis veremos dos enfoques recientes que han coexistido en la misma área, la zona este del centro de Vancouver (Vancouver’s DTES).

A menudo se considera al Vancouver’s DTES como lugar más pobre de Canadá. En los últimos años, de todas formas, ha experimentado una gran afluencia de capital gentrificador en barrios como China Town y Gastown, con la asistencia de nuevos edificios como los antes citados y, al mismo tiempo, negocios familiares. Las rápidas trasformaciones experimentadas en el vecindario han venido de la mano de un desplazamiento de los tradicionales residentes y de la inaccesibilidad a servicios sociales básicos. El número de personas afectadas por la gentrificación del DTES ha producido un amplio abanico de respuestas, algunas de las cuales ejemplifican a la perfección las fortalezas y debilidades del continuum que señalábamos.

El Anti-Gentrification Front (AGF) es un pseudónimo utilizado por diversos individuos anónimos que se han servido de ataques a la propiedad y propaganda, habitualmente a través de comunicados colgados en internet. Estos ataques a negocios e inversores, incluyendo la destrucción de las ventanas de una nueva pizzería a finales de 2012, han atraído la atención de los medios y han puesto en el centro de las discusiones de Vancouver el problema de la gentrificación de los DTES. En cierta medida, las tácticas empleadas por AGF han demostrado un sofisticado, aunque incompleto, entendimiento de la gentrificación. Son acciones que parecen señalar y combatir la creciente inversión asegurándose de que el barrio permanece “peligroso”, con cierta percepción de riesgo. Sus acciones demuestran que los miembros de la comunidad DTES continuarán resistiendo frente a la gentrificación a través de la acción directa.

A la inversa, sin embargo, la naturaleza de esas elecciones tácticas asegura que AGF seguirá siendo pequeño y anónimo. Este riesgo crea una camarilla vanguardista, donde la resistencia “efectiva” a la gentrificación permanece en la providencia de un grupo pequeño y políticamente homogéneo que puede no reflejar deseos más amplios de los barrios para los que dicen actuar. Pequeños grupos como AGF son, por su propia constitución, prácticamente irrelevantes políticamente y no articulan una visión alternativa del área. Desde esta perspectiva, dicho trabajo anti-gentrificador queda inserto en un proyecto político en negativo: se opone, pero no propone. Las limitaciones de esa perspectiva ya son aparentes, en tanto que las acciones de AGF se recuperan carentes de significado, despolitizadas, por aquellos que pintan la resistencia como algo de violentos y agitadores—un grupo que ha estado en el frente y en el centro de las discusiones populares y de medios, y que ha limitado todo apoyo público hacia su trabajo.

La junta de vecinos de la zona este del centro (DNC) es un grupo comunitario formado en 2009, de las cenizas de otros grupos vecinales, incluyendo la asociación de residentes del este del centro (DERA). DNC ha hecho mucho señalando la gentrificación del DTES, incluyendo la publicación de artículos y estudios en torno al impacto de la gentrificación y organizando encuentros en espacios de debate y de discusión de estrategias en torno a los problemas de la gentrificación. DNC está abierta a todos los residentes del DTES que acepten sus principios organizativos y constitutivos, y tiene un enfoque más amplio que muchos grupos anti-gentrificación, asumiendo trabajo en torno a, entre otras cuestiones, la minimización de los daños y el anti-colonialismo. En contraste con AGF, DNC emplea activamente las vías institucionales, incluso a través de la participación de algunos de sus miembros en el consejo de administración del comité de Local Area Planning Process (LAPP) —un proyecto de la ciudad de Vancouver para desarrollar un plan de “revitalización” de los DTES. Además, DNC recibe fondos de diversas comunidades y donantes, incluyendo la cooperativa de ahorros y crédito Vancity.

El enfoque presupuesto por DNC entiende la resistencia a la gentrificación como un esfuerzo de la comunidad, pero también genera ciertas dudas respecto al alcance y límites de sus actividades. Aceptando un determinado rol en el discurso oficial del desarrollo y la inversión, DNC se centra de sobremanera en lo burocrático y en la investigación. Estos nexos entre ciudad, negocios y organizaciones como DNC también crean una red de asociaciones que oculta el camino que la gentrificación realmente toma, presentándolo como un proceso que puede ser gestionado con la participación de grupos anti-gentrificación como DNC que no hacen sino legitimar determinada perspectiva. Además, el flujo de fondos, recursos y legitimidad de la organización les liga a aquellos que pueden buscar influir en su actividad. Por ejemplo, en 2012, quitaron a Ivan Drury, miembros de DNC, de su sillón en LAPP cuando el gestor municipal lo acusó de amenazarlo con emplear tácticas de acción directa enfrentando a la delegación de vecinos con la Junta de Desarrollo.

Como autónomas, hemos de centrar nuestros esfuerzos entre estos dos polos, desarrollando una perspectiva que mantenga tanto la mirada social como la flexibilidad de grupos como DNC, pero también siendo conscientes de la necesidad de generar resistencias extra-institucionales como las propuestas por AGF. Necesitamos estructuras que sean reflexivas de y responsables ante los barrios en que luchamos, pero también hemos de desarrollar críticas radicales y comprensivas de fuerzas capitalistas más amplias que gentrifican nuestros espacios. En definitiva, necesitamos desarrollar estructuras en nuestras comunidades que puedan efectivamente levantar un puente en la brecha entre la “acción directa” y la “burocracia”. Podríamos estar de acuerdo en que la forma asamblearia es la única estructura que puede hacer viable la incorporación de estas críticas levantando un desafío efectivo contra la gentrificación.

Entender la gentrificación como un proceso multifacético que recubre numerosas luchas, incluyendo el trabajo frente al acoso policial y la defensa de los inmigrantes, necesita de estructuras que sean lo suficientemente flexibles para dar respuesta a la multiplicidad de problemas comunitarios mientras mantienen una perspectiva política arraigada en la comprensión de cómo las fuerzas globales prefiguran nuestros barrios y comunidades. Las asambleas horizontales de vecinos pueden abordar correctamente los enredos de las luchas vecinales, erigiéndose tanto como un muro frente a esa inversión no deseada (deviniendo conducto viable para la acción colectiva y medio capaz de desarrollar identidad y conciencia de clase) como una herramienta que mejore el barrio para los vecinos que lo habitan. Esto puede hacerse asegurándose de que su composición refleja las necesidades y deseos (nuevas inversiones, servicios sociales, etcétera) de los vecinos locales y movilizando segmentos de la comunidad que luchen por ellos.

Las posibilidades que ofrecen las asambleas urbanas pueden entreverse perfectamente si observamos el éxito de acontecimientos como la huelga milanesa de alquileres de los años 70. Las uniones vecinales estaban formadas por autonomistas que trataron de trasladar la conciencia de clase de los trabajadores de las fábricas a los barrios; para acometer esta labor construyeron estructuras capaces de ligar las quejas de los inquilinos con la acción directa, de manera similar a lo que los sindicatos radicales hicieron en los centros de trabajo. Para la Autonomía, no podía dejarse que las luchas se compartimentasen en divisiones separadas y por eso su proyecto enfatizó el hecho de escuchar a sus barrios y actuar consiguiente con las necesidades materiales reales, mientras inyectaban un programa de acción política más amplio. Esto condujo a una gran escalada de ocupaciones, huelgas de alquileres y otras acciones directas que se aseguraban tanto la protección de sus barrios como el avance de un radical programa anticapitalista. Mientras que no centraban sus esfuerzos específicamente en la lucha anti-gentrificadora, estas luchas abrieron los barrios como lugares de organización y contestación, un desarrollo necesario para el triunfo del trabajo anti-gentrificador.

Parece positivamente utópico discutir que tales formas puedan emerger rápidamente en las metrópolis neoliberales de hoy día. Las políticas activistas norteamericanas, especialmente las aplicadas en la lucha contra la gentrificación, parecen ser condenadas irremediablemente a uno u otro polo del continuo. Pero, como el ejemplo de la autonomía italiana muestra, el prerrequisito esencial para la acción que tienda un puente en esta brecha no es otro sino la construcción de identidades de barrio, al igual que la acción efectiva de las luchas laborales requiere una identificación como trabajador. Para construir una asamblea de este tipo, los habitantes han de creer tanto en una identidad común como en la capacidad de la acción colectiva para alcanzar sus necesidades materiales. La teoría autonomista del trabajador social proporcionó este trabajo preparatorio en el contexto italiano. Nos falta que en la Norteamérica post-industrial este proyecto asambleario se constituya y convierta en uno capaz de crear estos prerrequisitos funcionales en las comunidades en que vivimos.

Podríamos afirmar que las campañas de acción directa comunitaria fruto de investigación social y la participación en nuestras comunidades (huelgas de alquileres, campañas contra la brutalidad policial y acciones realizadas para evitar expulsiones y deportaciones) pueden producir beneficios concretos y proteger servicios existentes que sean objetivos de ataques, mientras sirven de bloque intermedio con que construir o producir estructuras de base a gran escala. Durante los últimos veinte años, en Norteamérica, varios grupos han surgido en el espejo de esta trayectoria. En Nueva York, el Movement for Justice en El Barrio es un grupo anti-gentrificación de migrantes que está organizado mediante encuentros de inquilinos en el Spanish Harlem, que a menudo son asambleas abiertas para escuchar los problemas vecinales y planear líneas de acción para ver cómo se pueden afrontar. Esta forma ha producido un amplio y diverso movimiento contra los procesos de gentrificación de East Harlem, obteniendo numerosas victorias ante caseros e inversores y señalando siempre las raíces del proceso que se localizan en el capitalismo mismo. El modelo de red de solidaridad (solnet) también ha reflejado este entendimiento, ofreciendo cierta flexibilidad en la respuesta de varias luchas de barrio al tiempo que forja lazos entre sus participantes. Bajo esta perspectiva, la solnet aporta grandes posibilidades en la lucha contra la gentrificación. Resistir a un fenómeno tan distribuido y localizado al mismo tiempo como la gentrificación requiere de nuevas formas de organización, y son precisamente grupos como las solnets o espacios como los encuentros los que sirven como puntos de paso para asambleas más amplias y extensas que puedan dar una respuesta eficaz a la emergencia que representa el consenso neoliberal de que las ciudades y los barrios en que vivimos son simples oportunidades de inversión y que nosotros, como inquilinos de clase obrera, somos meros impedimentos para la libre circulación de capital.

Conclusión

Las fuerzas macroeconómicas que dirigen en última instancia los procesos de gentrificación están, al menos por el momento, lejos de nuestro alcance: las autónomas no podríamos cambiar los tipos de interés, ni siquiera si quisiéramos. Podemos, sin embargo, disputar estas manifestaciones a nivel local, y hemos de hacerlo con urgencia. Construyendo estructuras locales con poder de clase y de barrio, podemos trazar grietas físicas en el territorio que pueden defendernos de futuras incursiones del capital y que pueden, al mismo tiempo, inspirar otros enfrentamientos en condiciones similares. La gentrificación es un fenómeno relativamente omnipresente en el mundo desarrollado, y por ello representa una potencial brecha a través de la que desarrollar resistencias anticapitalistas. Mientras estas luchas proliferen, enmarcándose en diferentes barrios, podemos trabajar conjuntamente incrementando la capacidad colectiva tanto de ataque como de defensa.

Las luchas anti-gentrificación muestran la conexión entre las fuerzas macroeconómicas del capitalismo y las experiencias micro de la vida cotidiana en nuestros barrios. En este sentido, luchar contra la gentrificación puede representar un nexo entre lo global y lo local que ha de prefigurar toda teoría y praxis crítica. La lucha contra la transformación de la ciudad en un desierto de capital nos encuadra en tiempo y espacio: luchamos donde vivimos, acto contingente. En ciudades, pueblos, guetos y barrios por todo el planeta, las mismas luchas toman cuerpo en la misma clase, diferenciadas solo en minucias como las normativas de zonificación o el peso de las restricciones. En ingeniería eléctrica, un cortocircuito es una conexión entre nodos como resultado de una sobrecarga de energía, posiblemente causada por daños, fuego, etc. Creemos que las luchas anti-gentrificación pueden provocar un cortocircuito en el funcionamiento del capital, una vuelta conjunta de individuos atomizados y comunidades de barrio para demostrar su poder colectivamente y provocar la pequeña chispa, la breve llamarada, que pueda hacer peligrar el sistema entero.

Traducción elaborada por Caliptra a partir de “Short Circuit: towards an Anarchist Approach to Gentrificación”, de “Two Toronto Members”. Disponible en libcom: https://libcom.org/library/short-circuit-towards-anarchist-approach-gentrification

 

[i] El original usa el término “anarquista”, que hemos sustituido por “autonomía” al entender que el texto en sí no se corresponde con el anarquismo en el sentido comúnmente entendido en el Estado español.

[ii]  Engels, Friedrich (2006): Contribución al problema de la vivienda, Madrid: Fundación Federico Engels, pp. 76-77.

[iii] Prole.info (2013): The Housing Monster, Madrid: Klinamen, p.92.

[iv] En inglés ha de entenderse “realtors” como “agentes del estado”, acepción que debe tomarse como aquellos agentes del estado que tienen como función gestionar la venta, alquiler, etcétera, de las viviendas, suelos y edificios para los propietarios.

[v] Disponible en http://marilurios.weebly.com/uploads/3/0/0/7/3007165/pasajes001.pdf

[vi] Las EZPs, por sus siglas en inglés, son áreas de un país creadas para atraer empresas orientadas a la exportación mediante el ofrecimiento de concesiones especiales en materia de aranceles de aduanas, impuestos, infraestructura física para la producción, transporte y logística, y otros incentivos, entre los que destaca el acceso a una mano de obra barata.

[vii] En inglés se corresponde al término Slumlords, de difícil traslación al castellano. Equivaldría a esos caseros que tienen muchas propiedades que no pisan nunca, buscando maximizar beneficios y despreocupándose de todo gasto de mantenimiento.

[viii] Lotta Continua: Take over the city. Traducción de Ernest Dowson, en Radical America, vol. 7 (2).